Performatividad del lenguaje* en el cuento “Dos palabras” de Isabel Allende.
“Un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva”
— Octavio Paz, “Piedra de sol”
En “Dos palabras”, uno de los relatos más memorables de Cuentos de Eva Luna de Isabel Allende, Belisa Crepusculario recorre llanuras agrietadas y pueblos perdidos, llevando consigo un puñado de sílabas como quien porta talismanes. Su oficio es vender palabras que tienen el poder de sanar, de cambiar voluntades y de alterar el curso de los acontecimientos. Ese don la conduce hasta un coronel que ambiciona la presidencia de su pueblo; para lograrlo, Belisa teje un discurso capaz de convocar multitudes y, como obsequio, le entrega al coronel dos palabras secretas que cambiarán para siempre al irascible hombre. Con la cadencia del encantador realismo mágico, Allende teje una historia donde el lenguaje revela su capacidad para desarmar el poder y la violencia, y así, reescribir la vida.
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No he leído más de tres libros completos de Isabel Allende. No es una escritora que, hasta ahora, terminara de convencerme. Pero he dado con Cuentos de Eva Luna y con ello mi visión sobre la autora da un giro significativo.
“Dos palabras” es un cuento que aborda el tema de la performatividad del lenguaje a través de una puesta en escena de realismo mágico latinoamericano; con naturaleza, civilización y barbarie, y discursos que desbordan multitudes en tardes de campo llenas de sol, sudor y necesidades.
Belisa Crepusculario, vendedora de palabras, detona el verdadero protagonista del relato, que es el lenguaje. El cuento empieza afirmando, con contundencia y en los dos niveles de sentido semiótico —connotativo y denotativo—, el statement de lo performativo:
“Tenía el nombre de Belisa Crepusculario, pero no por fe de bautismo o acierto de su madre, sino porque ella misma lo buscó hasta encontrarlo y se vistió con él. Su oficio era vender palabras.”
Las palabras “Belisa” y “Crepusculario” son un invento de este personaje, una mujer que se crea a sí misma a través del lenguaje que aprende por absoluta sagacidad e interés personal. La identidad que se construye y se encarna con total propósito en Belisa —vendedora de palabras— se esparce en el pueblo y se reordena en el texto para darle sentido al relato. Aquí la teoría de J. L. Austin parece adelantada por la ficción: “Decir algo es, en parte, hacer algo” (How to Do Things with Words, 1962). En este relato, el acto de nombrarse no describe: instituye.

En el cuento, la performatividad avanza en dos direcciones. Belisa reconstruye su ser con un nombre y un oficio; el coronel, que busca ser presidente, es a su vez transformado por las “dos palabras” que ella le entrega. Ese lenguaje actúa como talismán que, en lugar de afianzar el poder, abre la grieta para que aflore lo humano en él; es la percepción de lo sensible lo que el coronel ha recibido en el acto de experimentar esas dos palabras. La narración nunca revela cuáles son, y es en el silencio de lo no dicho que reside la potencia del texto: la ambigüedad preserva su poder, como si la historia nos recordara que el lenguaje no se agota en la literalidad, sino que deja una marca profunda en quien lo recibe y eventualmente se esparce como gota de océano en círculos concéntricos de ecos infinitos para trastocar otras orillas.
Es interesante cómo el texto dibuja el amor, el poder, el deseo de poder y la transformación del ser ante el efecto del lenguaje. No solo cambia el coronel; el pueblo entero recibe, en forma de discurso, una irrupción que conmueve la rutina y despierta otros modos de pensar, de sentir.
En el subtexto late la convicción de que el lenguaje tiene el poder de cambiar el corazón de los hombres, como si de un talismán se tratara. Las palabras que decimos ejercen la fuerza de su peso y caen en el redil de la acción: a veces con total contundencia, desplomando su efecto cual desgracia o bendición; a veces como lenta llama azul que se insinúa sin ser advertida, pero siempre con la revelación de desencadenar aquello que sentencian en su pronunciar.

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* El sintagma ‘performatividad del lenguaje’ alude a la capacidad que tienen ciertas expresiones lingüísticas para activar su sentido fáctico al ser pronunciadas; lo cual, implica un efecto o accionar del mundo. Es decir, no solo describen algo, sino que lo llevan a cabo o lo modifican. Un claro ejemplo son las palabras “Abra cadabra”. El concepto fue desarrollado por J. L. Austin.
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