Intento guardar en mi memoria todo lo que llega a mis sentidos… observar… escuchar… aprender… Hay más colores de los habituales, las notas largas y melancólicas de do, de re y de sol del fado se pierden mientras me alejo al bajar con cuidado por estos callejoncitos muy muy estrechos y empedrados; tan solo para recibir una fa, una si y otra la en la siguiente rua; el aroma salobre del puerto, el frío al tacto de las teselas azules más azules (¡qué lisas son!) y el suave sabor de un dulce que sabe a paz. Pienso en la ropa tendida de los cordeles de las altas casas del centro y en sus murales saudade.

El tiempo… Es el inicio del otoño; el sol permanece hasta pasadas las 19:30, el cielo persiste en su calma y en su azul, el sonido del viento se queda en alguna parte del alma, la paz es el caminar sin miedo, aves que me siguen con la mirada, otras que en coro reclaman su espacio desde unos árboles con formas caprichosas, y en las afueras de la ciudad: olivos al sol, olivos de sol. Hay tanta delicadeza en estos tonos pardos de la estación, los ocres juguetean con la claridad de la luz marina.
Las avenidas centrales revelan la inspiración parisina en su diseño rectilíneo, con cafetines y toldos listados que se repiten bajo fachadas elegantes y cubiertas de azulejos. Lisboa reúne a unas 550 000 personas en su núcleo urbano —y a más de dos millones en su área metropolitana—, donde idiomas extranjeros se mezclan con ideas y preguntas que a menudo quedan suspendidas frente a la firmeza de una lengua única.

Lisboa siempre [me] será azul. No es el fulgor de sus azulejos o la luz que el Tajo devuelve a las fachadas; es más bien una cualidad difícil de entrever, la de las ciudades que han acumulado siglos sin que pesen apenas. Hay aquí una mirada que se ha posado, serena y melancólica, como si contemplara cuanto la rodea desde una paciencia adquirida tras haber asistido, una y otra vez, a las mismas despedidas desde el mismo faro eterno. Es el azul que concede un demorarse en aquello que en otras ciudades pasa como ráfaga: la rugosidad de una pared de cal, la cadencia con que el otoño se deposita sobre las ceruleas teselas, el metal envejecido de un tranvía, el silencio del Mar de Palha suspendido entre los acordes de un fado. A la belleza le basta un turquesa de buenas noches y un estuario plateado de tiempo, donde el agua dulce se mezcla con el agua salada del mar.

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